Información completa de la obra: La conquista de Valencia por el Cid

TÍTULO:
La conquista de Valencia por el Cid
TEMA PRINCIPAL:
Toma de Valencia por las tropas del Cid
LUGAR PRINCIPAL:
Valencia (Valencia)
LUGARES SECUNDARIOS:
Ruinas de Sagunto
OTROS MOTIVOS:
1. Descripción de las ruinas de Sagunto 2. Retrato del Cid 3. Fiesta de toros
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
Vayo
NOMBRE AUTOR:
Estanislao de Cosca
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. Calladas estaban las sonantes ondas del Mediterráneo, heridas apenas por la trémula luz de los rayos solares que doraba débilmente la cumbre de los montes, a cuya falda fue un día Sagunto. De un lado, el mar tranquilo y silencioso deslizaba sus blandas olas hacia la playa, donde expiraban unas tras otras con la misma rapidez con que nacen y mueren los pensamientos en la mente humana. De la otra se veían las ruinas de la inmortal ciudad, los pórticos, las calles y las plazas desiertas, y sin muestras de huella humana que en ellas se imprimiese; todo yacía ya casi oscuro, y como esquivando la lumbre del día, que había revelado al mundo la existencia de aquellos escombros. Ni una voz, ni un acento en ellos se percibía; tal vez el ligero céfiro de la tardecilla osaba mover los mimbres y maleza que crecían junto a los sepulcros de tantos héroes. No anunciaban sus nombres pomposas y áureas inscripciones, ni la magnificencia de los túmulos denotaba su heroísmo. Rotas columnas, y destrozados arcos de algún vecino templo habían rodado hasta allí, y removiendo la tierra que los encubría sacaran al aire los blancos huesos de los sepultos guerreros. Más allá permanecían en pie dorados altares que humearon un tiempo con la sangre de las víctimas; y parecía que hasta los dioses mismos que recibieron allí oblaciones los habían abandonado al silencio y a la destrucción. La cabeza de una mutilada estatua ocupaba el lugar que hollaron los pies del sacerdote; y donde este colocara las sagradas ofrendas, era a la sazón morada de indignos reptiles. Aún aparecía semiasolado el coliseo junto al anfiteatro que el tiempo había respetado de todo punto. El carro de los siglos, rodando por encima de las piedras que le muraban, no había sido poderoso a disputarles su duración. Intactos estaban los asientos desde donde los valientes ciudadanos miraron a los gladiadores ensangrentados en la arena luchar y reluchar en vano para gozar el bárbaro deleite de hacer expirar a sus plantas a las fieras. Mas a aquellos aplausos, a aquel sonoro y alegre clamor había sucedido el tétrico silencio de la muerte. ¿Y quién osaría levantar con sus pisadas aquel polvo ilustre, único resto de cien generaciones que se había tragado la tumba? (vol. 1, págs. 3-6) 2. Era el Cid blanco sonrosado, con los labios belfos, el cabello rubio; y aunque frisaba ya en una edad avanzada, no se le notaban canas. Sus brillantes ojos eran como un espejo donde llevaba retratado su ardoroso y bélico valor; y una larga y poblada barba marginaba su rostro. Notábase al mirarlo algo extraordinario que anunciaba a tiro de ballesta al héroe sin necesidad de saber de antemano sus proezas. Era por demás la bizarría y el aliento que en todas sus acciones mostraba; y a no afirmarlo todos los historiadores, deberíamos dudar de que la especie de dureza que distingue a los héroes se confundiera y anduviera apareada con la más perfecta ternura. En efecto: Rodrigo de Vivar no aparecía mejor guerrero en el campo de batalla, que esposo sensible y padre cariñoso en el retiro doméstico. Cuando se desnudaba la ensangrentada coraza y las duras manoplas en los cortos momentos que dedicaba al solaz y al descanso, sentaba sobre las rodillas a sus hijas, y tal vez con un rostro lleno aún del honroso polvo de la pelea imprimía los labios en el tierno y delicado rostro de las hermosas doncellas. Aquella mano que poco antes embrazara la rodela o empuñara la lanza acariciaba ahora suavemente a su esposa; y quizá una lágrima de felicidad empañaba los ojos que habían brillado de fiereza. Rodrigo, pues, pertenecía por su heroísmo a aquellos siglos bárbaros y caballerescos; empero, su corazón y sus conocimientos rayaban más altos, y serían sin duda hoy día el mejor ornamento de la Corte de Castilla. 3. La militar armonía de las trompas y atabales suspendió este coloquio, porque todos clavaron los ojos en el bravo animal que salió del toril, más ligero que un halcón, desembarazando la plaza de los destrísimos jinetes, quienes dejando entre sus astas el purpúreo velo saltaban de un brinco la barrera con increíble agilidad y sereno pecho. Levantaba el toro la cabeza sacudiendo hacia atrás la delgada tela que le tapaba los ojos, y tornaban los lidiadores a azuzarle y entretenerle con diversas suertes. Aplaudía el pueblo la destreza de unos, y animaba a otros con picantes sales e improvisadas agudezas que aumentaban la general alegría, y hacían asomar la risa a los labios. Tuerce Abdelcadir las brillantes riendas, alza el galope, y se encara con el toro con la lanza en ristre: acométele la fiera, y con seguro pulso y noble maestría le hiere el mozo con el agudo rejón tras la oreja izquierda. Rompen los aires mil gritos de algazara y bulliciosos plácemes, y se suceden unas a otras las habilidades de los lidiadores haciendo alarde de su pujanza, de su arrojo y de su perfecto conocimiento del arte. Tiñe la arena la sangre de las fieras y de sus perseguidores, y las remilgadas damas vuelven los rostros o se entregan a imprevistos desmayos, movidas de la compasión que les inspiran los galanes. (vol. 1, págs. 258-259)
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1850
PAGINAS:
1. (vol. 1, 3-6) 2. (vol. 1, 34-36) 3. (vol. 1, 258-259)
IMPRENTA:
Imprenta de Mompie
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Valencia
MODALIDAD NOVELA:
Histórica
RESUMEN:
La novela narra los contrariados amores de doña Elvira, hija del Cid, con el infante Ramiro, hijo del rey don Sancho. Elvira es secuestrada, junto a su madre y a su hermana doña Sol, por Abenjafa, un almorávide que se hace con el control de Valencia después de traicionar a su rey Hiaya. Doña Sol logra escapar y le cuenta lo ocurrido a su padre, quien decide emprender una campaña militar para tomar Valencia y vengarse de Abenjafa. Sus tropas reciben la ayuda del infante Ramiro, que pelea contra los musulmanes motivado por hacerse merecedor de la mano de doña Elvira. No obstante, decide encubrir su identidad y pasa a ser conocido como "el caballero del Armiño". El Cid logra rescatar a su esposa infiltrándose en la ciudad a través de un subterráneo, pero poco después los musulmanes reciben la ayuda de las tropas de un rey africano llamado Juzeph Tephin. A pesar de todo, el bando Rodrigo Díaz de Vivar logra la victoria gracias a la ayuda de otro guerrero de incógnito, el caballero del Águila. El mismo Cid da muerte al monarca Juzeph, al tiempo que Ramiro de Navarra logra acabar con la vida de Abenjafa. Tras la victoria, el infante Ramiro desvela su identidad, y el Cid consiente en que se case con su hija. También se descubre quién era el caballero del águila: se trataba del rey Alfonso VI, que al comprobar la valía de Rodrigo en el combate se disculpa por haberlo desterrado, y lo nombra alférez de todas sus tropas.
ASPECTOS FORMALES:
Es una de las primeras novelas escritas originalmente en español que siguieron el modelo de Walter Scott. Previamente, en 1830, se había publicado "Los bandos de Castilla" de Ramón López Soler, pero fue muy criticada por calcar varios pasajes de las novelas de Scott. Por el contrario, Vayo se jacta de que en toda su novela "no hay ni un pasaje ni una palabra copiada de los novelistas extranjeros" (pág. XII).
OBSERVACIONES:
El enlace es a una versión de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, digitalizada a partir de la edición de 1831. Esta última estaba compuesta por dos volúmenes. A esa misma pertenecen las citas.
AÑO:
1831
PERSONAJES PRINCIPALES:
Díaz de Vivar, Rodrigo. «El Cid» Campeador, Doña Elvira, hija del Cid, Ramiro de Navarra, hijo del rey Sancho "el Grande"
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Abenjafa / Ben-Gehaf, rey musulmán de Valencia, Alfonso VI el Bravo, Álvar Fañez, Diego Ordoñez de Lara, Doña Sol, hija del Cid, García Ordoñez, conde de Nájera, Gil Díaz, escudero del Cid, Hiaya, rey musulmán de Valencia, Martín Peláez, Rey Juzeph Tephin, Sancho "el Grande," de Navarra, Vellido Dolfos
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «La conquista de Valencia por el Cid». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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