Información completa de la obra: Jaime el Barbudo o sea la sierra de Crevillente

TÍTULO:
Jaime el Barbudo o sea la sierra de Crevillente
TEMA PRINCIPAL:
Jaime el Barbudo como justiciero social
LUGAR PRINCIPAL:
Crevillente
LUGARES SECUNDARIOS:
Sierra de Crevillente, Elche, Murcia, Madrid
OTROS MOTIVOS:
1. España tras la Guerra de la Independencia 2. Retrato de Jaime el Barbudo 3. Descripción de los bandidos de Crevillente 4. Esfuerzos de Francisco Javier de Elío por acabar con los bandidos de Crevillente 5. Descripción de un bosque entre Murcia y Crevillente 6. Ejecución pública de un bandido de Crevillente
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
López Soler / Seudónimo: Gregorio Pérez de Miranda
NOMBRE AUTOR:
Ramón
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. El glorioso término de la guerra llamada de la Independencia preparó a España los beneficios de un reinado restaurador y pacífico, pero dejóla al mismo tiempo sumergida en los desórdenes que no pudieron menos de causar a su territorio tantos años de encarnizamientos y combates. A la sombra de las anteriores discordias y revueltas creáronse ciertas partidas guerrilleras que, so color de su celo patriótico, devastaban los campos, saqueaban las alquerías y exigían contribuciones de los pueblos. En balde quisieron reprimir los magistrados esas bandadas de aventureros formadas de la hez del pueblo y sostenidas con la astucia y el pillaje; pues como hacían alarde de oponerse a los enemigos de su país, y exceder en patriotismo a los demás españoles, era preciso tolerarles, ya que la humanidad y la justicia no permitían aplaudirles. Pero así que el regreso de Fernando VII dio a los negocios de la península un movimiento más uniforme y regular, hubieron de desaparecer estas cuadrillas, transformándose o refundiéndose en diversos regimientos. Algunos hombres, sin embargo, de índole sobrado perversa para sujetarse a la disciplina militar, harto inclinados a la huelga y al desenfreno para vivir pacíficos ejerciendo algún trabajo útil, siguieron corriendo los campos, erigiéndose en partidas de ladrones, o agregándose a las que encontraban ya formadas. De aquí hubieron origen los robos y los saqueos que tanto amedrentaron a los habitantes de Cataluña y Andalucía, no menos que los acontecimientos y latrocinios que hacían conocidamente peligrosa la sierra de Crevillente. 2. Fijó Santiago la vista en la cara del incógnito, y detúvose un momento en contemplar sus facciones. Echábase de ver en ellas cierta regularidad y travesura; brillaban extraordinariamente sus ojos, y favorecía los movimientos de su cuerpo un suelto y nobilísimo despejo. Había en aquella persona ciertos rasgos de bondad sin llegar a ser bondadosa, indicios de tolerancia sin que pudiera pasar por tolerante, y no pocos resabios de atenta sin que pudiese reputar por fina y educada. Su traje era el que usaban los más gallardos bandidos de la sierra: los follados zaragüelles, parecidos en la hechura y el color a los airosos faldellines de los montañeses de Esocia, apenas pasaban de la mitad del muslo; medias azules subían hasta lo alto de las piernas, y llevaba a los pies unas alpargatas sujetas por medio de innumerables cintas que le llegaban cruzando a la pantorrilla. Resplandecíanle sobre el pecho gran cantidad de cadenas de plata, relicarios y medallas, y sonoramente colgábanle en el ceñido chaleco botones de dorada filigrana. Cubríale la cabeza alto pañuelo oscuro, sujetaba el corbatín una brillante sortija, rica faja carmesí envolvía su cintura, asomando por entre ella un puñal con mango de limpio y bruñido acero. La manta que colgaba de su cuello sólo dejaba ver la punta de un ancho sable parecido a los lunados alfanjes que fabricaban en Damasco; siendo el rasgo más singular de aquella enigmática figura la rizada barba en que remataba el rostro. 3. Apenas doraba el sol los desnudos picos de las rocas de Crevillente, cuando se reunieron en torno del Barbudo como una docena de bandoleros en el punto más intrincado de la sierra. A la voz de su capitán pusiéronse dos de ellos de centinela o atalaya a cierta distancia de los restantes, ya al efecto de descubrir a sus perseguidores, ya para espiar al tránsito de los pasajeros. Jaime entre tanto permanecía sentado en una especie de sitial formado por la misma roca, a cuyo pie se colocaron los demás de su cuadrilla con el trabuco al lado y las dagas en el cinto. Guardaban, no obstante su áspera condición, un silencio respetuoso por ver abismado a su capitán en meditaciones profundas. Como llevaban el airoso traje de los bandidos de aquel contorno, enteramente parecido al que ya hemos pintado en el Barbudo, cualquiera que hubiese visto de lejos el curioso grupo que formaban, tomáralos por las ligeras guerrillas de los regimientos franceses que luchaban pocos meses antes con los franceses en la vasta extensión de la península. 4. Y no se crea que dimanase tal desorden de indolencia del gobierno, pues no sólo procuró extinguir los bandoleros y establecer una completa seguridad en aquellos reinos, sino que el Capitán general destinado para mandarlos reunía las más altas calidades de actividad, patriotismo y valor.* La configuración de la sierra, las prolongadas cuevas que abriga en su seno, lo escarpado de sus cumbres y los desórdenes consiguientes a una guerra pertinaz de siete años, hicieron que las acertadas providencias del ministerio no cortasen el mal de raíz, aunque maravillosamente destruyeron su propagación y violencia. Añádase a esto un carácter tan enérgico y astuto como el del Barbudo, hombre capaz de anochecer en Murcia y amanecer en Valencia, que amedrentaba a los pueblos, que contaba con un sinnúmero de espias; y se verá palpablemente que era imposible sufocar de un golpe esta calamidad, y que más bien reclamaba las medidas de prudencia y de rigor que se adoptaron. *D. Francisco Javier de Elío 5. Los árboles que lo formaban tenían todo el vigor y la aspereza de los que criándose en largos despoblados nunca sienten la mano simétrica del hombre; y como se elevaban en su recinto varias colinas de bastante altura, entrelazábanse con los de su pendiente los más robustos del valle, y componían de esta suerte una selva verdaderamente enmarañada y sombría. Pasaba a muy corto trecho el camino real de Murcia, describiendo retorcidas revueltas, miradas de los transeúntes como puntos de siniestro augurio por lo que favorecían la malvada intención de los bandoleros. Añadíase a esta circunstancia la de saberse positivamente que las cavernas de este bosque, como más entapizadas de hierba, oreadas y frescas que las de Crevillente, les servían de regalo, y que solían pasar allí con sus mujeres o barraganas, y pública y escandalosamente solazarse sin respeto a las costumbres ni temor de las justicias. En el momento no obstante de que hablamos reinaba en tan dilatada selva el más tétrico silencio: no se oía otro rumor que el viento silbando por los altos pinos, el grato murmullo de fugitivos arroyos, y algún rápido gorjeo de tímidas avecillas. 6. Serían como las cinco de la tarde cuando se oyó el plañidero son de las campanas de Murcia anunciando a sus tristes habitantes el próximo fin de un delincuente. Llevábase en tropel el populacho hacia las calles por donde con fúnebre silencio, únicamente interrumpido por las pías amonestaciones del religioso, iba desfilando la comitiva compuesta de varios sacerdotes y hermandades, y llevando en alto un devoto crucifijo. Entremezclábanse con ellos algunos ministros de la justicia ordinaria, y percibíanse a lo lejos los mesurados golpes del enlutado tambor que precedía a la guardia encargada de custodiar al reo. En medio de dos religiosos y algo sostenido por los verdugos, caminaba el infeliz arrojando siniestras miradas y manifestándose menos compungido de lo que parecía exigir escena tan imponente. En vez de atender a las inspiradas palabras del amonestante, esforzábase en repetir que era inocente y que pagaba los delitos de un hombre, a quien por ser de otra clase no perseguían los jueces. Pero así que habiendo ya salido de las puertas de la ciudad descubrieron alzándose en el centro de vasto campo los altos palos de la horca y las escaleras, que se dibujaban en el azulado horizonte, cesó Crispín en su desvergonzada habladuría, inclinó la cabeza sobre el pecho, y púsose a gruñir como un marrano y a murmurar de su suerte. En balde redoblaba el religioso su eficacia a fin de inspirarle la resignación de un mártir: la idea que le había repentinamente ocurrido de que el coronel y el cirujano no tendrían el menor escrúpulo en faltar a su palabra, y de que cuanto le habían dicho no fue quizás mas que un pretexto para que no revelase su complicidad en el crimen, hacíale temer la muerte y bañaba sus toscos miembros con el sudor frío que frecuentemente la precede. Con todo, su suerte era ya irrevocable, e íbanlo arrastrando al fatal instrumento de su agonía, en donde debía permanecer colgado hasta que sirviese de pasto a las aves de rapiña. Las gentes agolpadas para verle morir eran sinnúmero; de todas partes acudían numerosos pelotones por la fama de haber servido el reo en las filas del Barbudo, y por las medidas que se habían tomado al efecto de frustrar toda tentativa de parte de este bandolero si se arrojaba a libertarlo. A todo esto subía ya la escalera echando rabiosa espuma por la boca y profiriendo horribles blasfemias contra los autores de su desgracia. Pidió hablar a los jueces y se lo negaron; sentado en lo alto del suplicio trató de denunciar al público a Leopoldo y al cirujano; pero el verdugo, bien prevenido en lo que debía obrar, púsole la mano en la boca y derribóle desde el penúltimo escalón cuando menos lo esperaba. Levantóse un grito universal de angustia al contemplarlo cayendo y agitándose por el aire, hasta que al verlo gesticular, cerrar los ojos y torcer la cabeza se convirtió en ferviente murmullo de bendiciones y plegarias por su alma. Dentro de muy breves momentos descendió el ejecutor anunciando que el reo acababa de expirar. Moviéronse las oleadas del concurso en diferentes direcciones; desfilaron las tropas y las hermandades; volvieron grupa para dar fe los escribanos, y sólo quedaron junto a la horca aquellos aficionados intrépidos que no abandonan el teatro hasta haber estudiado el mecanismo de la ejecución y el ingenio del verdugo en la aspereza o suavidad del gesto con que muere el delincuente.
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1832
PAGINAS:
1. Pág. 80 2. Págs. 92-93 3. Págs. 109-110 4. Págs. 129-130 5. Págs. 165-166 6. Págs. 171-173
IMPRENTA:
Imprenta de A. Bergnes y Compañía
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Barcelona
MODALIDAD NOVELA:
Histórica
RESUMEN:
La novela gira en torno a la amistad del bandolero que da nombre a la narración y el humilde soldado Rodrigo Portoceli. Estos dos personajes se conocieron luchando a muerte, el primero con el afán de secuestrar a una joven noble llamada Julia, mientras que el segundo era un soldado que pretendía rescatarla. El Barbudo acaba dejando escapar a Julia, conmovido por el carácter honorable de Rodrigo. A cambio, este último deja libre al bandido, lo cual le acarrea una horrible fama entre el ejército español. A causa de esto, la familia de Julia decide interrumpir el amor que estaba surgiendo entre ella y Rodrigo, a fin de casarla con un militar de mayor reputación social, Leopoldo de Moncadí. Este último, no obstante, es perverso y altanero, frente al carácter humilde y bondadoso de Rodrigo. Tanto es así, que al final de la novela Leopoldo acaba tramando un plan para secuestrar a Julia; no obstante, Rodrigo se presta a intentar impedirlo, y en su ayuda acude su buen amigo Jaime. La novela concluye con Rodrigo casándose con Julia y Jaime siendo perdonado por la justicia española a causa de sus buenas acciones.
ASPECTOS FORMALES:
Sigue el modelo de Walter Scott, pero el afán historicista es más bien escaso. El autor suple con su propia fantasía sus carencias de conocimientos relativos al tema a tratar. En la edición crítica de la obra llevada a cabo por Enrique Rubio Cremades (1988) se trata con detalle esta cuestión.
OBSERVACIONES:
Las citas provienen de la edición de Enrique Rubio Cremades (1988). El enlace lleva a una versión en HTML de esa misma edición, en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
AÑO:
1832
PERSONAJES PRINCIPALES:
Jaime el Barbudo, Julia, hija de los condes de la Carolina, Rodrigo de Portoceli
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Crispín, bandido de Crevillente, Duque de Berganza, Elío y Olóndriz, Francisco Javier. (Pamplona, Navarra, 1767 – Valencia, 1822). Gobernador, capitán general, virrey del Río de la Plata., Fernando VII, Judas Rosell, cirujano de Elche, Leopoldo de Moncadí
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «Jaime el Barbudo o sea la sierra de Crevillente». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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