Información completa de la obra: El condestable don Álvaro de Luna

TÍTULO:
El condestable don Álvaro de Luna
TEMA PRINCIPAL:
Caída del condestable Álvaro de Luna a causa de su vinculación con el linaje maldito de Juan-sin-Alma
LUGAR PRINCIPAL:
VALLADOLID
LUGARES SECUNDARIOS:
Cañete, Alcaudete, Martos, Granada
OTROS MOTIVOS:
1. Situación de los judíos en la Edad Media 2. Descripción de Castilla en los tiempos de Álvaro de Luna 3. Retrato de Álvaro de Luna 4. Retrato de Enrique IV de Castilla 5. Retrato de Juan de Mena y de Jorge Manrique 6. Retrato de Isabel de Portugal 7. Valoración del reinado de Juan II 8. Asesinato de Pedro I por su hermano Enrique 9. Retrato del Diablo 10. Justas 11. Muerte de Alonso Pérez de Vivero
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
Fernández y González
NOMBRE AUTOR:
Manuel
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. Apenas, si se da crédito a aquel memorial, dictado por una amarga venganza; apenas, decimos, había familia que no se hubiese cruzado con la raza judía. Esto se comprende: las grandes riquezas de los hebreos ofrecían un recurso expedito de levantar, por medio del matrimonio, las abatidas fortunas de los nobles. Por esta razón los judíos conversos eran muy considerados, al paso que la mala sangre de la casa Judá, que había permanecido fiel a sus creencias y a sus tradiciones, estaba vejada por severísimas leyes, que les impedían juntarse libremente con los cristianos, vivir fuera de las juderías, ejercer profesiones honrosas, ni vestir más que un balandrán, marcado con una señal de infamia. 2. Capítulo V de la primera parte 3. Quedó al descubierto su semblante astuto, cortesano, orgulloso; sus ojos, en los cuales solo aparecían la expresión del sarcasmo, del desprecio o de la cólera, demostraban entonces toda la amabilidad, toda la cortesanía con que había sabido abrirse paso hasta el encumbrado punto que ocupaba. Don Álvaro había sido siempre, si no hermoso, altamente simpático, y conservaba aún toda la viveza de sus grandes y elocuentes ojos negros, a pesar de sus sesenta años. Calvo en la parte superior de la cabeza, orlada de largos cabellos grises; grave por índole y por el hábito de tratar arduos negocios; lastimado en el corazón y en la cabeza por las defecciones de nobles que todo se lo debían, y por la dura lucha que se había visto obligado a sostener durante treinta años, y que ya le abrumaba, don Álvaro era una figura cuyo solo aspecto imponía veneración y respeto. Un filósofo, un pensador, le hubiera tenido lástima: a través del dorado velo de su grandeza se adivinaba en su mirada, siempre inalterable, siempre serena, un foco recóndito, en que ardían la desesperación, y acaso el remordimiento: en aquella boca desdeñosa y altiva, que tanto sabía pronunciar palabras, que se insinuaba dulcemente en el alma, como órdenes que nadie se atrevería a desobedecer, había un sello de inmenso sufrimiento; subía a ella la aridez de un alma sedienta de paz, de un alma destrozada, muerta para el placer y para el amor, roída por el cáncer del orgullo y de la ambición. Su cuerpo, que había sido fuerte y gentil, se había encorvado un tanto, como al paso de los gigantes pensamientos que ardían en aquella cabeza tan noble, tan dominadora, y en cuyas profundas rugas parecía impresa la señal del dedo de Dios, que juzga y castiga. En don Álvaro todo era grande y terrible: el amor, la ambición, la amistad, el odio, el orgullo, la avaricia; eran las pasiones llegadas a su más alto grado y caracterizadas en un semblante que daba miedo y compasión a un tiempo. 4. Vestía un traje de campaña ostentoso y rico, pero de mal gusto; su túnica talar de brocado parecía, más que el traje de un caballero, el ropón de un fraile; su birrete de terciopelo recamado de oro, sujetaba mal unos cabellos revueltos, descuidados y larguísimos, que ondulaban a merced del viento; su collar de San Miguel, signo de su alcurnia real, era una disonancia ruda con su semblante torvo, malévolo, repugnante y un profundo recelo; sus narices aplastadas y anchas alteraban la armonía de unas formas que indicaban, aunque desgastadas, que habían sido bellas en la adolescencia; sus ojos zarcos, que hubieran sido hermosos animados por un espíritu noble y generoso, brillaban con el fuego impuro de una ambición no satisfecha, con el odioso sello de la malevolencia y del cinismo. Don Enrique, en fin, en un día de mascarada hubiera parecido un jayán innoble y procaz disfrazado de príncipe. 5. Eran aquellos dos semblantes nobles y francos, en los cuales se retrataba claramente el dolor que les causaba el estado del joven: el que estaba de pie, vestido con un sencillo traje talar, era calvo como su compañero, pero de una manera más enérgica; del mismo modo le superaba en edad: brillaba en entrambos esa mirada fija, profunda y pensadora de los hombres de genio, y era imposible pensar en la doblez ni en las malas pasiones a la vista de sus semblantes. El uno, de más edad, el que estaba de pie, era Juan de Mena, coronista del rey; vestía un sencillo traje talar un manto blanco con orla, y no llevaba armas de ninguna especie: el otro, el que estaba sentado, era Jorge Manrique, ceñía únicamente una espada de corte, y vestía una túnica talar de paño, bordada de sedas, y guarnecida de pieles en las mangas y de galón de oro en la orla. 6. Volviendo a doña Isabel de Portugal: era una dama como de veinte y dos años; su hermosura, que era maravillosa, y que había impulsado a don Álvaro de Luna, aparte de las razones de estado que tuvo para ello, a unirla con don Juan el Segundo, a quien contando con su sensibilidad, creyó que fascinaría; su hermosura, decimos, era majestuosa, grave, y al par lánguida y altamente simpática; su mirada límpida y regia, parecía excluir el deseo, imponer respeto a aquellos en quienes se fijaba: su talle era de sílfide y su andar de reina: hablaba con pureza y gala el entonces magnífico idioma español, aunque con un tanto de acento extranjero, y era su voz dulce, sonora, una de esas voces que penetran en el corazón, le conmueven y le fascinan. 7. Inútilmente se buscará en los anales españoles un rey en quien se encuentren reunidas la nulidad para el gobierno, la ceguedad cuando se trataba no solo de los intereses de sus pueblos sino los suyos propios, la torpeza, en fin, y la vergüenza con que estaba entregado al arbitrio de un favorito, y el claro ingenio, la ilustración, el avance en que estaba colocado respecto a su tiempo en cuanto tenía relación con las letras o las artes, como en don Juan el Segundo: era a la vez idiota y sabio, mezquino y grande, según la faz por que se le consideraba: para el trono la nada; para la civilización la clara antorcha que debía iluminar e iluminó una época literaria, que debía grabarse, según el dicho del gran historiador americano Presscott, con lo que Giovio llama el buril de oro de la historia. Insuficiente y nulo, don Juan el Segundo, para gobernar en paz o con gloria sus estados, haciendo respetar por sí mismo su estandarte real a las naciones fronterizas; mezquino para premiar los esfuerzos, con que los buenos castellanos lidiaban por reconquistar la dignidad y los fueros nacionales, era entendido y liberal lo bastante para premiar y ennoblecer literatos y poetas, que sin él acaso, como otros muchos en los reinados anteriores, hubieran pasado desconocidos, sofocado su genio bajo el cetro de hierro de la edad media: Juan de Mena, Jorge Manrique, Rodrigo de Cotta, el marqués de Santillana, Alonso de Baena y otros, que constituyen la brillante pléyada literaria de este reinado, vivían de su liberalidad, que le hacía empeñar las rentas que le quedaban, de las escandalosas concesiones que para sí o para los suyos le arrancaba don Álvaro de Luna. Esto era el resultado preciso de la educación afeminada que le dio su madre la reina doña Catalina de Lancaster, y más la degeneración de la raza de Trastámara, que desde Enrique II a Enrique IV descendió de una manera marcada: el sucesor de don Pedro I, el fratricida Enrique, si bien fue justo y benéfico, no recibió de Alfonso XI el indomable carácter, la enérgica fuerza de voluntad, ni el talento de mando que brillan en el rey don Pedro; pasó levantando con un reinado justo y pacífico el crimen que le franqueó el paso al trono, y dejando tras sí a Juan el I, que apenas fue rey: Enrique III, pobre, enfermo, combatido a un tiempo en el cuerpo por la dolencia, en el alma por la pobreza y la debilidad en que le habían constituido las dispendiosas mercedes con que se habían procurado su apoyo contra la rama legítima de sus antecesores, fue un cadáver coronado, y en Juan el Segundo, no ya rey sino poeta, a quien debía representarse con una pluma y no con una espada (como aparece en el retrato que acompañamos tomado de un códice de la época); en Juan el Segundo, decimos, no se encontraba, ni el carácter decidido, emprendedor y guerrero necesario a un rey de aquella época, ni aun el talento del gobierno interior de su familia: dominado siempre por don Álvaro de Luna, esclavizado a su voluntad hasta en sus más íntimas afecciones, abandonado de todos, si no era feliz era porque ni aun tenía carácter para serlo: la historia le culpa injustamente llamándole tirano, cuando era esclavo. 8. O fuese que la cólera aumentase la fuerza de don Pedro o que en efecto fuese más fuerte que su hermano, don Enrique cayó bajo él; los ojos de don Pedro se tiñeron en sangre, y sus manos crispadas se asieron a su garganta: Beltrán acudió entonces, desaferró las manos del rey, volvió aquel horrible grupo lanzando las históricas palabras: ni quito ni pongo rey más ayudo a mi señor; brilló un puñal en las manos de don Enrique y se hundió por tres veces en el pecho de don Pedro. Cosa que pone grima: exclama el grave Mariana después de relatar enérgicamente esta horrible tragedia; un rey, hijo y nieto de reyes revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano bastardo; ¡extraña hazaña! Con don Pedro acabó su raza: sus hijos fueron encarcelados y muertos en prisiones; y por aquel crimen empezó la dinastía de Trastámara. 9. Vestía un traje de montero de la época y llevaba en las manos un venablo con cuya punta se limpiaba la dentadura, como quien se sirve de un mondadientes; llevaba la cabeza descubierta y su cabellera larguísima, revuelta, de un color azul impuro, lanzaba de sí un reflejo pálido, tenue, nebuloso; su semblante era largo, cetrino, dividido por una nariz enorme y rasgado por una boca inconmensurable, que sonreía con un desprecio tan refinado, tan profundo como el que puede suponerse bastante para hacer brotar la cólera del alma más pacífica, más insensible, mientras sus pequeños ojos, ardientes como carbunclos, se reían también provocadores e insolentes hasta lo infinito. 10. Capítulo VII de la 4ª parte 11. Alonso de Vivero era valiente y no pudo contenerse; se avanzó a Raab y este, impulsado por el miedo, retrocedió, pero rehaciéndose de repente avanzó hacia el joven con el puñal levantado. Vivero comprendió que no podía oponer resistencia y retrocedió a su vez; Raab le siguió, le hizo retroceder hasta las barandillas, y por una fatalidad, Vivero se apoyó en la del arco del centro que estaba desclavada de intento, para poder decir al rey, a la corte, al pueblo, que la muerte de Alonso Pérez había sido un accidente desgraciado. Raab, a quien se había encargado de precipitarle por allí, avanzó, Vivero retrocedió aún más, se desplomó la barandilla y el desdichado cayó lanzando un horrible grito en los aires y se hizo pedazos contra uno de los estribos del puente.
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1851
PAGINAS:
1. Pág. 7 2. Págs. 15-18 3. Pág. 19 4. Pág. 32 5. Pág. 48 6. Págs. 73-74 7. Pág. 82 8. Pág. 141 9. Pág. 150 10. Págs. 173-177 11. Pág. 188
IMPRENTA:
Gaspar y Roig
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Madrid
MODALIDAD NOVELA:
Histórica
RESUMEN:
La novela narra la historia del linaje maldito de Juan-sin-Alma, un terrible caballero de los tiempos de Alfonso XI; hombre impío, blasfemo y colérico, Juan llevaba una vida llena de satanismo y crueldad hasta el punto de tener hijos con su propia hermana sin sentir reparos morales en tener un amor incestuoso. Él entonces acaba siendo maldito por Dios, y esa maldición se acaba extendiendo a toda su descendencia hasta la cuarta generación: así, sus sucesores son condenados a tener vidas repletas de dolor y maldad. Las generaciones transcurren y llegan los tiempos de Juan II. Por esas fechas hay varios descendientes de Juan-sin-Alma; entre ellos, Salomith, una mujer que fue apartada de su familia desde niña en un intento de evitar la maldición por parte de su madre. Pese a todo, ella acaba contrayendo un amor incestuoso con su propio hermano, Juan de Villafranca. Ese amor, no obstante, queda truncado cuando Salomith es arrebatada por el hombre más poderoso de Castilla: el condestable don Álvaro de Luna, un sujeto que había tomado las riendas del reino dado que Juan II era un pusilánime sin carácter y sin capacidad alguna para el gobierno. Don Álvaro rapta a Salomith y abusa de ella a placer; acaba dejándola embarazada, y poco después la vende a un rey musulmán. Ya en Granada, Salomith acaba concibiendo una hija suya y del condestable: Judith de Sotomayor, que desconoce la identidad de su padre, y que ansía vengarse de don Álvaro a toda costa por haber destrozado la vida de su madre. Judith se acaba trasladando a Castilla, donde se inicia en el mundo de la intriga para destruir al condestable. Este ya de entrada se había ganado la enemistad de muchísimas personas: fuera de Castilla, era repudiado por navarros y aragoneses por su política exterior agresiva; dentro del reino, era la envidia de un sinfín de cortesanos, en especial Alonso Pérez de Vivero, el contador real del rey, que acaba siendo seducido por Judith y obedeciéndola en todos sus deseos. Don Álvaro, mientras tanto, es totalmente ajeno a la verdadera identidad de Judith y a sus planes de venganza; de hecho, solamente ve en ella a una muchacha a la que puede utilizar para cumplir sus propios designios. Por ese entonces estaba muy preocupado por la influencia que Juan II recibía de la reina Isabel de Portugal, que intentaba poner al monarca en su contra; a modo de respuesta, el condestable se propone utilizar a Judith para seducir al rey y alejarlo de la influencia de Isabel. Sin embargo, sus tratos con Judith acaban desembocando en que él se enamora irremediablemente de ella; de nuevo un amor incestuoso, ya que, aunque el condestable todavía no lo sabe, se trata de su propia hija. Ese amor impide que don Álvaro pueda concebir a tiempo a Judith como su enemiga; mientras tanto, ella logra poner a casi toda la corte en su contra. Su acercamiento a Juan II le permite, de hecho, hacer que el monarca acabe repudiando al condestable por su excesivo poder. Finalmente, don Álvaro es acusado injustamente del asesinato de Alonso Pérez de Vivero, la mano derecha de Judith en la corte; por ello es condenado a muerte. Momentos antes de recibir el golpe final, al condestable le es revelada toda la verdad sobre su hija, y muere con la conciencia emponzoñada por haber tenido amores incestuosos.
ASPECTOS FORMALES:
Es una novela histórica romántica con todos los rasgos típicos del género. La acción se desarrolla en el reinado de Juan II casi en su totalidad, pero en la segunda mitad la trama principal es interrumpida para insertar toda la historia del linaje de Juan-sin-Alma desde sus comienzos, casi un siglo atrás. Después de esa larga analepsis, el narrador vuelve al tiempo presente de la historia. Es una novela histórica romántica con todos los rasgos típicos del género. La acción se desarrolla en el reinado de Juan II casi en su totalidad, pero en la segunda mitad la trama principal es interrumpida para insertar toda la historia del linaje de Juan-sin-Alma desde sus comienzos, casi un siglo atrás. Después de esa larga analepsis, el narrador vuelve al tiempo presente de la historia.
OBSERVACIONES:
El autor afirma haberse tomado la Crónica del condestable Álvaro de Luna como fuente principal. En enlace corresponde a una versión digitalizada de la novela en la plataforma archive.org
AÑO:
1851
PERSONAJES PRINCIPALES:
Álvaro de Luna, Juan-sin-Alma, Judith de Sotomayor
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Alfonso de Estúñiga, Alfonso XI de Castilla, el Justiciero, Alonso de Baena, Alonso Pérez de Vivero, Carvajal, Juan de. Los Carvajales (-Martos, Jaén,1312)., Carvajal, Pedro Alonso de. Los Carvajales (-Martos, Jaén,1312, Enrique II, Enrique IV, Fernando IV de Castilla, Isabel de Portugal, esposa de Juan II, Jorge Manrique, Juan de Mena, Juan II de Castilla, Marqués de Santillana, Muza ibn Nusair, Pedro I, Satanás, Suero de Quiñones
LUGAR PRINCIPAL:
7416
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «El condestable don Álvaro de Luna». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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