Información completa de la obra: Cid Rodrigo de Vivar. El Cid Campeador

TÍTULO:
Cid Rodrigo de Vivar. El Cid Campeador
TEMA PRINCIPAL:
Vida y hazañas del Cid Campeador
LUGARES SECUNDARIOS:
Vivar, Burgos, Zamora, Toro, Toledo, Madrid, Calatayud, Valencia, Palop, Denia, Orihuela, Játiva, Tortosa, Álava, Tolosa del Pinar, Granada, Carrión, Molina, Montes de Corpa, Cuenca
OTROS MOTIVOS:
1. Retrato de Jimena 2. Retrato de Sancho II 3. Rodrigo mata al conde Lozano 4. El Cid engaña a dos judíos con arcas llenas de arena 5. El rey don Sancho cerca Zamora 6. Traición de Vellido Dolfos 7. Diego Ordoñez reta a Zamora 8. Valoración de la figura del Cid 9. Juras de Santa Gadea 10. Episodio del león 11. Afrenta de Corpes 12. El cadáver del Cid entra en la batalla.
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
Fernández y González
NOMBRE AUTOR:
Manuel
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. Apareció en aquel momento en la cámara saliendo por una pequeña puerta, una dama admirable por su talante y por su hermosura, como de dieciocho años, vestida con tal lujo, con tal riqueza, que hubiera podido tomársela por una reina. Era blanca, rubia con los grandes y hermosos ojos azules, con la pupila negra en que brillaba algo intenso y embriagador; algo que completaba la magia, el poder de aquel semblante oval y nacarado. Una nariz recta, pero delicada y graciosa, una boca fresca y pura, de forma bellísima y de una inflexión delicada, una garganta larga, mórbida, los hombros redondos, desarrollados, el talle esbelto, la estatura alta, las manos dignas de una estatua antigua, el aspecto, el espíritu, la distinción, la nobleza dentro de una gran facilidad y sin asomo alguno de soberbia. He aquí a Jimena Gómez de Gormaz. Seducía, atraía, persuadía, enamoraba. 2. Don Sancho era extremadamente iracundo. Tenía los ojos grandes, redondos y oscuros, de un azul denso, con la pupila negra y centelleante, y tenía una cualidad que es común a los animales feroces: la de erizar la cabellera. Los rubios cabellos del rey, que había perdido su birrete en la caída, estaban encrespados como la crencha de un león, y su boca, contraída, dejaba ver una leve espuma. No podía darse una expresión más leal, más terrible, de la cólera. 3. El golpe alcanzó de lleno el capacete del conde, le quebrantó y al par quebrantó el cráneo. El conde Lozano cayó por tierra como herido por un rayo. Sus escuderos se abalanzaron sobre don Rodrigo, y apenas caído el conde, había ido a recoger su espada como prueba de su desagravio. —Todos se tengan —exclamó Rodrigo blandiendo su hacha—, que la espada del conde es la prueba de mi triunfo, y mire cómo lo evita aquel que quiere evitarlo. Por decididos que estuvieron Sancho Diéguez y los escuderos del conde Lozano, conservaban en su oído las palabras con que su señor había asegurado la vida de su enemigo y la maldición con que había amenazado a los que a su voluntad faltasen. Se contuvieron, pues. Contuviéronse a su vez Garcés de Leiva y los escuderos de Rodrigo, que habían avanzado a su vez dispuestos al combate. El aturdimiento del conde Lozano había pasado. —Tenéis razón, don Rodrigo —dijo con la voz enronquecida ya por la muerte—, guardad mi espada, que en su limpio acero vea su faz de vergüenza vuestro anciano padre. La muerte se revelaba en la voz del conde en la fatiga con que hablaba. Rodrigo se acercó a él, lo levantó, lo sostuvo y le dijo: —Yo guardaré, señor, vuestra invencible espada para morir con ella desesperado en el combate. Dios sabe cuánto me pesa de lo que sucede; pero me ha obligado el honor. —¿Lloráis? —exclamó el conde con la voz débil. En efecto, Rodrigo lloraba. —Por Jimena lloro —exclamó el noble joven. —Amparadla…, amparadla… —exclamó el conde—, que matándome la habéis dejado sola y huérfana. —¡Ah!, infeliz del que, viviendo yo, a Jimena se atreva. —Pues que sois el único amparo que la queda, muerto su padre, vivid por ella, Rodrigo; yo os bendigo, yo os amo, hijo mío. Decidla… La voz del conde, ya bastante ronca, le anunció de tal modo la muerte, que Rodrigo no pudo conocer el último pensamiento del conde. Un instante después exhaló el último gemido entre sus brazos el conde Lozano. 4. —Señor, ha más de un año que el Cid nos pidió para gastarlas en sus guerras un préstamo de dos mil doblas jucefinas de oro cendrado y por prendas de estas dos mil doblas nos dejó estas dos arcas que aquí veis, señor, diciéndonos que esto era el gaje y prenda que nos dejaba, y que si dentro de un año él no nos pagaba las dos mil doblas que le prestábamos, podíamos abrir las arcas y cobrarnos con lo que dentro encontraríamos. Llegó el plazo y el Cid nos envió a un escudero que fuera hemos visto con su estandarte, con dos mil y quinientas doblas de oro cendrado; las dos mil en pago del préstamo, y quinientas de premio por el préstamo, lo que nosotros no quisimos recibir porque no creíamos bien premiado nuestro dinero, y el escudero del Cid se lo llevó; y como que pagados no habíamos sido, las arcas abrimos siendo necesario descerrajarlas porque no teníamos llaves, y nos encontramos con que en vez de los diamantes y las perlas que nosotros creíamos encontrar de valor y otras piedras preciosas, llenas de arena encontramos las arcas, lo cual manifiesta que el Cid se propuso engañarnos y que tal vez que el dinero de las bolsas de cuero que su escudero llevaba era falso, porque como nosotros no encontramos bastante la cantidad, no llegamos al punto de ver el dinero. 5. Capítulo 13 6. Capítulo 14 7. Saltó a esto Diego Ordóñez de Lara, y encarándose a los caballeros zamoranos que con Arias Gonzalo estaban en el adarve, alumbrados por antorchas que tenían escuderos, gritó: —Yo reto por traidores y asesinos, marranos que vosotros sois, hijos de mala madre, espurios y malditos de Dios; yo os reto a vosotros y a los que con vosotros son en Zamora, y a las torres y a los muros, y al aire y a la tierra, y a las aguas y a los pájaros, y a los peces, y a cuanto alienta en esta infame tierra de Zamora, y en ella he de hacer tal, que de ella señal no quede en venganza del noble rey mi señor, que vosotros habéis asesinado. 8. Obsérvese bien. Héroes, y de una talla inmensa, hay en nuestra historia. Los Alfonsos, si no todos, gran parte de ellos; San Fernando, don Jaime «el Conquistador», Pedro «el Grande» de Aragón, Pedro I «el del Puñal», Fernando V, Isabel «la Católica», Fernando de Córdoba, la pléyade de grandes hombres que rodearon el trono de los Reyes Católicos, todos ellos son una constelación, por decirlo así, de gloria. Pero esta constelación palidece cuando se nombra al Cid. El Cid es la gran cosa. El Cid es la epopeya. El Cid es lo inmenso. El gran don Jaime se queda chico cuando se le mide con él. ¿Y qué es esto? No es que el Cid fuera más bravo, ni más conquistador, ni más político que cualquiera de los héroes de nuestra luciente historia de la Edad Media. Es que el Cid era puro, desinteresado, leal, justo, un modelo, en fin, del caballero cristiano, una plétora de valor y de virtudes, un mito, en fin, representante de las grandezas y del carácter de todo un pueblo representado en un ser viviente. Los actos del Cid todos juntos y cada uno de por sí, forman lo que pudiera llamarse una especie de evangelio político popular. Es el héroe sin miedo y sin tacha. Por eso era adorado en su tiempo. La gloria de su nombre ha llegado resplandeciente a nosotros y vivirá mientras viva la independencia española. Y aún en la abyección, si a tal desgracia Dios quisiera conducirnos, resonaría como un eco doloroso el nombre del Cid. ¿Para qué quería el Cid una corona, si él tenía de hecho, mejor dicho, si ponía su planta sobre la corona de los reyes? Él, levantando aquella corona de sus pies para ponerla sobre su cabeza, se hubiera empequeñecido. Y no era así el Cid por soberbia o por política; sino por temperamento, ya lo hemos dicho, por predestinación, lo cual hacía de él un extrañísimo vasallo que tenía por vasallos a reyes. Y aquí del caso. Así pues, el Cid valía lo que valía, y su nombre vale hoy lo que vale, porque era la reunión del espíritu castellano; resulta que aunque el Cid ha muerto, queda un Cid colectivo que hace de los reyes y de todo lo que manda lo que el Cid de los reyes de su tiempo hizo. El rey era un rey de hecho, aunque un rey sin corona. Ahora cada español, en la parte que puede, en la medida de sus fuerzas y de su importancia social, ya como un átomo, ya como una entidad mayor, es siempre una parte de soberanía, un rey sin corona, un déspota sin ejército, una rebeldía de derecho divino. De lo que resulta que una redondilla que nosotros hemos hecho, y que no la citamos porque sea buena, viene a ser una gran verdad tratándose de España: Yo saco por justa ley Y por buena cuenta hallo Que aquí no hay más que un vasallo Y ese vasallo es el rey. Y esto no quiere decir que seamos demócratas recalcitrantes, ni que por esto haya de llamársenos republicanos, descamisados, ni blancos, ni negros, ni rojos, ni azules, sino que conocemos perfectamente el carácter de la noble tierra en que hemos tenido la dicha de nacer, y en su parte más bella por cierto. No, esto no pertenece a ninguna opinión, a ninguna idea preconcebida. Esto es conocer la verdad pura y neta. De lo que se desprende que nosotros, por el mero hecho de ser españoles, y a más de españoles meridionales, sentimos en nuestra sangre una tal dosis de fuego, de independencia, de despotismo y de rebeldía ingénita a todo lo que pretende sobrepasarnos en media pulgada o a igualarse contra nuestra estatura, que no podemos menos de conocer, con gran sentimiento, que somos un pedazo díscolo de la gran soberanía nacional, como todos los otros grandes pedazos ni otros semejantes. Y como este vicio o esta virtud que en nosotros existe está en nuestra sangre y aún en el juego del terreno que con sus frutos nos alimenta, de aquí que le llevamos las narices al rey más pintiparado que Dios haya podido criar. Y que lo digan si no Felipe II y Carlos V, a quienes el múltiple rey de España los tenía siempre rugiendo y dados al diablo. De aquí que nosotros para sufrir a un rey necesitamos que ese rey sea un héroe o cosa inaudita, o que tenga picardías bastantes para engañarnos, seducirnos, enmendarnos y sabernos tomar la cosa. De lo que resulta que en España no se puede ser rey sin ser santo. Porque un rey en España necesita todas las virtudes y toda la paciencia de un mártir. Y dicho se está que si una hora y otra, un día y otro día, un año y otro año, sufre pacientemente el martirio sin estallar, cae de pie en el cielo. Cuando la muerte acaba su martirio, y merece ser canonizado. En España la revolución es perpetua, formidable, terrible; revolución por abstinción, no por explosión. Estamos acostumbrados a esa oscilación y no la sentimos, pero ella existe. Ella lo derroca todo. Ella fue la que sostuvo nuestros cien años de guerra contra los romanos hasta producir de hecho la emancipación de este noble suelo. Ella fue la que alimentó la gloriosa guerra de siete siglos cuando una raza, invasora primero, acabó por introducirse. Ella ha sido la que después del renacimiento nos ha traído a una libertad positiva de la que no hay ejemplo en ningún pueblo del mundo. Ella la que ha sacado a flota y de una manera visible nuestro terrible ejercicio de esa fuerza que se llama soberanía nacional. Y ella será la que con el tiempo nos aporte a una constitución fuerte, a una constitución admirable, sin ejemplo en la historia, cuando la ciencia y la civilización, que son una misma cosa, nos hayan dado sus frutos maduros. Tenemos la verdad, la grandeza, lo fecundo del sentimiento, y llegaremos, llegarán nuestros nietos y nos agradecerán el martirio que hemos sufrido para aportarles a una verdadera grandeza, a un verdadero bienestar, a una situación digna. El Cid era el más luciente de esos gérmenes que deben aprestar a España una situación envidiable. Como hemos visto, él lo dominaba todo y hacía buen uso del poder que en él había puesto la Providencia. Siempre inflexible, sin conocer otro vasallaje que el de la razón y el de la justicia, la gente de su tiempo le debía su libertad, independencia, su fuerza, su respetabilidad, su gloria. 9. Se acercó el rey. El Cid, en nombre del reino y como su lugarteniente, le mandó que empuñase el cerrojo. Obedeció Alfonso VI. Pero de mala gana y enrojeciendo el semblante, como todos los otros reyes a quienes se había obligado a aquella ridícula ceremonia, en la que se cumplía el fuero de la ciudad de Burgos. Después el Cid tomó de manos del merino mayor de Zamora la ballesta y la jara y armó con la jara la ballesta. El obispo de Burgos se acercó teniendo abiertos en las manos los santos Evangelios. El Cid puso la ballesta armada al pecho de Alfonso VI. —Dejad el cerrojo de Santa Gadea —dijo el Cid con voz breve y solemne a don Alfonso— y ponedle sobre esta jara teñida en la sangre de vuestro hermano, que Dios tenga en su santa gloria. El joven Alfonso se estremeció instintivamente. Pero puso sin vacilar la mano sobre la siniestra jarra. —Señor infante don Alfonso —dijo el Cid—, hijo del noble rey don Fernando I, hermano del esclarecido rey don Sancho II, ¿juráis a Dios, tendida la mano sobre la jara que quitó la vida a vuestro hermano, el dicho rey don Sancho II, que esté en la gloria, que no habéis tenido parte en su muerte, ni por inducción, ni de manera alguna, ni aun con el pensamiento, ni aun con el deseo? —Lo juro —contestó el rey con la voz opaca, pero firme y acentuada por una especie de entonación de protesta y aun de cólera. 10. —Sálvense, señores, porque «Barrabás», el más grande de los leones se ha soltado y viene hacia aquí furioso. ¿Quién tal oyó? Todos, sin excepción, incluso Alvar Fáñez, todos menos el Cid, escaparon, no siendo de los últimos el conde don Peranzules, que, ciego de terror, tomando por puerta la chimenea, que por ser verano no tenía fuego, saltó, se agarró al hierro que en el cañón de la chimenea era como el primer escalón de los otros hierros que la posición cambiada servía de escalas, y allí se agazapó, se redujo y se contrajo, subiéndose hasta el tercer hierro, temeroso de que si en el primero se quedaba no viniese el león y le alcanzase con la zarpa. Todos los que por el momento habían huido, en el momento en que huyeron se avergonzaron y volvieron con las espadas desnudas, todos menos don Peranzules y los dos infantes de Carrión, y se hallaron con que el Cid volvía reposadamente. —No hay que temer ya nada, caballeros —dijo—, porque el león ha sido de nuevo encerrado. El Cid no dijo quién había sido el que había encerrado al león. Pero todos supusieron que había sido él. De aquí la tradición inverosímil que cuenta que el Cid agarró al león por la melena y le metió en la jaula. 11. —Ultrajados venimos de vuestro padre —dijo Pablo— desde Valencia, desde la burla del león, y jurado habíamos vengarnos de aquel ultraje con otro al Cid en sus hijas que nos dejase bien sobrados; de la mancha de cobardía nos lavamos peleando contra el rey Bucar como nunca ha peleado el Cid; pero el juramento que hemos hecho vengar nuestro ultraje ha de cumplirse. Desnudaos pronto, y no nos aleguéis vuestro pudor y que están delante estos criados, que nosotros no os queremos ya por esposas, y os repudiamos, y como malas hembras hemos de azotaros. Irguióse doña Elvira, irritóse doña Sol, y protestaron que antes se dejarían matar que consentir que de una manera tan villana se les infamase. Pero ¿qué resistencia podían oponer aquellas débiles criaturas la mayor de las cuales aún no había cumplido los veinte años? Tenían la valiente sangre del Cid, pero no sus fuerzas, no sus medios de resistencia. Tuvo lugar una escena repugnante. Las dos jóvenes fueron desnudadas a viva fuerza, atadas después a un árbol y azotadas por los infames criados de aquellos miserables con las riendas de los caballos, a que habían añadido sus espuelas. Descargaron sin compasión y hacían brotar la sangre de las blancas y delicadas carnes. Gritaban las desdichadas. Pero al fin, hasta tal punto llegó el dolor que las causaba aquel horrible tratamiento, que se desmayaron. Y allí las dejaron atadas al árbol, pendiente de sus ligaduras, abandonadas a los animales carnívoros. 12. Una vez preparado el cadáver, se le puso sobre su caballero «Babieca, sostenido por una máquina de madera muy disimulada, que le tenía derecho y con apariencia de vida. Llevaba los ojos abiertos, peinada la barba. Para que el mecanismo no tuviese que sufrir un peso desmedido, se había hecho una armadura de pergamino pintado que semejaba al hierro y el escudo era del mismo género. Llevaba en la mano la formidable tizona: aun no de muy lejos, el Cid parecía vivo.
VARIANTE DEL TÍTULO:
Cid Rodrigo de Vivar
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1875
PAGINAS:
1. V1 Págs. 76-77 2. V1 Págs. 182-183 3. V1 Págs. 258-259 4. V1. Pág. 313 5. V1 Págs. 405-463 6. V1 Págs. 464-484 7. V1 Pág. 479 8. V2 Págs. 278-282 9. V2 Págs. 293-294 10. V2 Págs. 523-524 11. V2 Págs. 533-534 12. V2 Pág. 554
IMPRENTA:
Administración. Calle de Recoletos, num. 7
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Madrid
MODALIDAD NOVELA:
Histórica
RESUMEN:
La narración comienza en el siglo XI. Gómez de Gormaz, conde Lozano, es un noble altanero y orgulloso, y siente especial inquina hacia Diego Laínez, un hidalgo vecino suyo con el que ha tenido ciertas disputas territoriales. El hijo de Diego, Rodrigo de Vivar, vive enamorado de Jimena, la hija de Gómez. A pesar de que el conde Lozano se opone a tal matrimonio, Diego acude a rogarle que le conceda a Rodrigo la mano de su hija; tal proposición ofende mucho a Gómez, que responde con una bofetada. Ese agravio provoca la irritación del hijo de Diego Laínez, que decide vengar a su padre matando al conde Lozano. El rey don Sancho se ofende mucho al ver que Rodrigo ha ignorado la ley al tomarse la justicia por su mano; por ello decide desterrarlo fuera de Castilla. El hijo de Diego Laínez queda completamente desolado al verse expulsado de sus tierras y repudiado por Jimena, quien lo detestaba por ser el asesino de su padre. Tal es el dolor de Rodrigo que intenta buscar una muerte rápida en batalla; para ello, se arriesga a emprender numerosas empresas muy peligrosas contra los musulmanes. Con todo, sale victorioso en todo lo que intenta y logra conquistar buena parte de los terrenos dominados por el islam; tal es el respeto que inspira en sus enemigos que estos le dan el apodo de “Cid”, esto es, “señor”. La fama del Cid resuena entonces por todo el reino de Castilla; Jimena, que todavía le sigue guardando rencor por la muerte de su padre, no soporta que Rodrigo sea tan aclamado, y le pide al rey don Sancho justicia. Este le da la oportunidad de vengarse encerrándola con el Cid en una habitación para que lo asesine; sin embargo, ella todavía sigue amándolo, y se siente incapaz de atentar contra su vida. Tras ese episodio, Jimena y Rodrigo acaban casándose, y el Cid se convierte en uno de los principales caballeros de las filas del rey don Sancho. Un año después, el monarca se obsesiona con conquistar Zamora, una ciudad sobre la que reinaba su hermana doña Urraca. Durante el cerco a la ciudad, don Sancho es asesinado vilmente por Vellido Dolfos, uno de los caballeros zamoranos. El sitio de Zamora entonces queda interrumpido, y el rey don Sancho pasa a ser sucedido por su hermano Alfonso. No obstante, el nuevo monarca es obligado por el Cid a jurar que no tuvo parte alguna en la muerte de su hermano; la actitud de Rodrigo al obligarle a jurar eso lo ofende mucho, y decide por ello desterrarlo nuevamente de Castilla. Como la vez anterior, el Cid aprovecha ese nuevo destierro para conquistar nuevas tierras; entre ellas, la ciudad de Valencia. Tras esa victoria, sus hijas son casadas con dos infantes de Carrión. Sus nuevos yernos resultan ser sujetos especialmente cobardes que muestran una actitud demasiado pavorosa en un festejo posterior a sus bodas, cuando un león se escapa de su jaula. La bestia es encerrada de nuevo por el Cid, que les reprocha su cobardía. Los infantes se sienten humillados y deciden vengarse maltratando a las hijas de Rodrigo. Cuando el Cid se entera, manda a sus caballeros a que asesinen a los infantes y hagan justicia. Poco después de estos acontecimientos, Rodrigo contrae una terrible enfermedad y se encuentra al borde de la muerte. Uno de sus más leales servidores, Álvar Fáñez, queda al mando de sus tropas, pero fracasa en una batalla contra los musulmanes. Al enterarse de esa derrota, el Cid muere del todo, no sin antes dejar un testamento con su última voluntad: que no lo entierren hasta que no derroten al ejército enemigo, y que coloquen su cadáver sobre su caballo para poder seguir luchando incluso después de la muerte. Los enemigos, al ver el cuerpo de Rodrigo a caballo, piensan que está vivo y huyen aterrorizados. Triunfan entonces los castellanos a pesar de no tener en un principio demasiadas posibilidades de ganar.
ASPECTOS FORMALES:
Es a todas luces una novela romántica, pero en este caso, y a diferencia de otras obras del autor, no hay tantas tramas paralelas: la narración se centra sobre todo en el Cid, de quien se narran sus hazañas de manera acumulativa. No se busca tanto hacer que la trama avance, sino presentar a Rodrigo en todo su esplendor. Los episodios, por ello, en algunas ocasiones son prescindibles o incluso intercambiables.
OBSERVACIONES:
Casi todos los pasajes están tomados del romancero o del Cantar del Mío Cid. En esta última obra el autor afirma inspirarse. El enlace y las citas corresponden a la primera edición de la obra.
AÑO:
1875
PERSONAJES PRINCIPALES:
Díaz de Vivar, Rodrigo. «El Cid» Campeador
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Abenjafa / Ben-Gehaf, rey musulmán de Valencia, Álvar Fañez, Arias Gonzalo, Conde Peranzules / Pero Ansures, Diego Laínez, Diego Ordoñez de Lara, Doña Elvira, hija del Cid, Doña Sol, hija del Cid, Doña Urraca, Fernando I de León, Garcés de Leiva, García Ordoñez, conde de Nájera, Gómez de Gormaz, conde Lozano, Jimena, esposa del Cid, Laín Calvo, Martín Antolines, Muñoz Gustios, Pablo, infante de Carrión, Pedro Bermúdez, Pedro, infante de Carrión, Sancho II de Castilla, Vellido Dolfos
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «Cid Rodrigo de Vivar. El Cid Campeador». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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