Información completa de la obra: El rey de Sierra Morena. Aventuras del famoso ladrón José María

TÍTULO:
El rey de Sierra Morena. Aventuras del famoso ladrón José María
TEMA PRINCIPAL:
Amistad del teniente Luis de Céspedes "el Veneno" con el bandolero José María "el Tempranillo"
LUGAR PRINCIPAL:
Sierra Morena
LUGARES SECUNDARIOS:
Córdoba, Santander, Jauja, Estepa, El Carpio, Madrid, Fuenteovejuna, La Cortadura, Fuente la Lancha, Cortijo de la Alameda
OTROS MOTIVOS:
1. Retrato de José María “el Tempranillo” 2. Cuadro costumbrista de los pueblos de Andalucía 3. Referencia a Manuel José Quintana 4. Valoración del bandidaje en Andalucía 5. Crítica a la década ominosa 6. Iniciación de José María en el bandidaje 7. Defensa de Fernando VII 8. Gitana bailando flamenco 9. Retrato de Fernando VII 10. Muerte de José María 11. Crítica a la desamortización de Mendizábal 12. Referencia a Cadalso y a las Noches lúgubres 13. Crítica al reaccionarismo del reinado de Fernando VII 14. Retrato de una gitana
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
Fernández y González
NOMBRE AUTOR:
Manuel
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. A poco apareció un jinete magnífico, que bien podía decirse así por su gallardía y por su soltura a caballo. Era un hombre como de treinta años, de mediana estatura, pero ágil y fuerte, de buena cara, de grandes ojos negros, y densamente moreno. Bien parecido; pero gravemente pintado de viruelas. Aparecía como dominado por una cólera terrible. Era José María, el rey de Sierra Morena, el formidable bandido terror por aquellos tiempos de las comarcas andaluzas. Al llegar al molino se detuvo. Echó pie a tierra y dejó el caballo, que no se movió. Entonces se vio que era excesivamente gallardo, y que vestía con riqueza, al uso de la tierra baja. Su sombrero era de castor blanco con terciopelo negro. El pañuelo de la India que llevaba a la cabeza, riquísimo. Su chaqueta de paño fino ceniciento con agremanes negros y muletillas de oro, de cada una de las cuales pendían ocho o diez ochentinas mexicanas como por adorno. Su chupa era del mismo género que la chaqueta, con grandes botones de filigrana de oro. Ceñía faja de seda negra. Sobre esta, una canana doble, corrida y sujetos en ella un largo cuchillo-bayoneta y cuatro pistoletes. Sus calzones, de punto azul turquí con guarniciones y borlas de seda negra, delineaban un muslo admirable, y su pierna, fina y bien contornada, estaba cubierta por unos botines de becerrillo negro bordados de seda. Su camisa era finísima, y su pañuelo del cuello estaba sujeto por una sortija guarnecida de gruesos diamantes. Por encima de la faja salían a derecha e izquierda las cadenas con dijes de dos relojes. Por último, calzaba zapatos de becerro blanco y espuelas vaqueras. En cuanto a las demás señas, llevaba muy largas sus sedosas patillas negras. Sus ojos, poderosos, eran de mirada dura, pero no malévola Su boca, admirablemente delineada, tenía una expresión de desdén, y sus manos, aunque fuertes, eran finas y hermosas como las de una dama. 2. En los pueblos de Andalucía, un tiro disparado por la noche en la calle no produce movimiento alguno. Los que están despiertos y lo oyen, se reducen a decir: —¡Dios te haya perdonado! Porque saben que allí no se gasta la pólvora en salvas, y que cada tiro que se dispara es un hombre muerto. O por lo menos gravemente herido. Cuando sucede esto último, y el herido no ha perdido el conocimiento, y grita con voz lastimera: —¡Por el amor de Dios, no hay quien me socorra! Los vecinos más próximos, reunidos, para que conste que ninguno de ellos ha sido el autor de la fechoría, salen, y le recogen, y le cuidan. Si no es en algunos pueblos de mala sangre en que el mal herido grita en vano y muerde el polvo sin que haya quien le socorra. Pero si esto último sucede en algunos pueblos de la costa de Granada, no sucede lo mismo en la tierra baja. Porque lo que sobra en la tierra baja es corazón. Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir, nada tiene de extraño que la calle permaneciera solitaria y las ventanas cerradas después del disparo. 3. Y a pesar de que el señor Juan León vivió a expensas, ya del uno, ya del otro, les habló siempre de tú, y tuvo la cabecera en todas las plazas, lidiando al par de los otros; este es el privilegio de la antigüedad. Como si dijéramos, el triste privilegio de los años, que dijo en una solemne ocasión el eminente poeta don Manuel José Quintana en el acto de su coronación, porque los poetas también son reyes; reyes del pensamiento, y ciñen una noble corona que no ha costado una sola lágrima ni una sola sangre. 4. Esto era enorme, y debe parecer extraordinariamente inverosímil a los que no sepan cómo se considera el bandidaje en Andalucía. Pero creemos que no tenemos que esforzarnos gran cosa para curar de su extrañeza a aquellos de nuestros lectores que encuentren esta conducta contradictoria, tal vez irreligiosa, en un bandolero, que por sus crímenes está completamente fuera de las leyes divinas y humanas. En Andalucía, el bandidaje ha sido, es y será hasta que Dios quiera, hasta que la civilización penetre en sus campiñas, una profesión, una manera de vivir que la mayoría de la población andaluza acepta como lo más natural del mundo. En Andalucía es muy antiguo el socialismo, y esto proviene de la soberbia ingénita de los andaluces, determinada acaso por lo ardiente del clima. Los andaluces sufren mal la servidumbre y la explotación de los grandes propietarios; son generosos y valientes, impresionables y soñadores, irritables y aventureros. El duro trabajo del campo que los mantiene en la miseria y los abusos de los propietarios, que aunque no los dejan perecer los tienen reducidos a la situación de siervos de la gleba, producen su rebeldía contra la sociedad, su protesta enérgica, y los lanza a los caminos a combatir con las leyes. Se tiene además a gala porque el bandidaje es una ocasión perpetua de demostrar el valor, y una de las cosas que más ama el andaluz es permanecer valiente, y lo es. Es un error gravísimo creer que el andaluz no pasa más allá de la fanfarronada. La lucha tenaz que hoy sostiene el bandido andaluz con la guardia civil es una prueba de ello: se ha usado con ellos una conducta de exterminio, como lo prueban las grandes acusaciones que se han hecho al ministerio de la Gobernación en la prensa y en la tribuna, y sin embargo, el bandidaje continúa terrible y audaz, más irritado hoy tal vez que en los tiempos de José María, y también menos legendario, y por lo tanto más terrible. Aquello es la miseria de un habitante pobre de una grande y riquísima provincia; aquello es una protesta desesperada del proletariado andaluz, aquello es una revolución, que no tiene carácter político en la forma, pero sí en el fondo. Suponed que esos bandidos que salen al camino a arrebatar a la guardia civil, batiéndose con ella, sus compañeros presos, se encubriesen bajo una bandera política; la fermentación de Andalucía tendría entonces un carácter terrible; y sin embargo, ellos desdeñan la política; ellos, soldados del socialismo, lo practican sin reconocerlo, secuestran al proletario y le arrancan violenta y criminalmente el pan que necesita para sus hijos, y el socialismo, monstruo de nuestros días, creado por la injusticia y el abuso, no aparece allí, porque su acción no sale de la esfera vulgar. 5. En los tiempos en que acontecían los sucesos endiablados que estamos relatando, y que nosotros queremos que sirvan de enseñanza para comprender que por el camino del mal no se va más que al mal, en 1826, las precauciones, el fanatismo y el despotismo imperaban magníficamente en España sin que nada les fuese a la mano, y la tiranía estaba a la orden del día en todas nuestras esferas sociales, sin que a nadie se le ocurriese ni el asomo ni la protesta. 6. —¿Con que usted sabe la historia del principio de José María? —¡Vaya! Lo sabe todo el mundo —dijo Juan Caballero—. Mire usted, José María es de Jauja. —Es verdad, hombre, de Jauja es José María —contestó él mismo. —Estuvo guardando cochinos desde los ocho años. —Es verdad, hombre, es verdad; y se cansó de guardar cochinos, porque no había nacido para eso —Pues bueno; un día, el muchacho tenía entonces de diecisiete a dieciocho años, por una novia tuvo no sé qué palabras con otro mozo, y limpia y buenamente lo quitó del medio. —También eso es verdad. —El pobre del Pacorro se había empeñado en quitarle la novia a José María y se había dejado decir que José María viviría lo que él quisiera que viviese; y como José María no podía aguantar nunca que se le amenazase, se fue y le buscó, y de un cachiporrazo le saltó la tapa de los sesos; y como el alcalde quiso prenderle, él se fue al campo y estuvo ganándose la vida a pie hasta que ganó un caballo. 7. Todo el mundo había llegado a entender que si José María hacía aquello, era por su empeño en hacer ceder al rey. Ahora bien; en tales circunstancias, ¿qué debía hacer Fernando VII? Se comete una injusticia al acusarle de falta de dignidad, porque transigió con un bandido que, amparado por la Sierra, valiente, astuto, sereno, conocedor del país, era muy difícil de destruir, y que cada día se hacía más terrible. Aquello era una especie de guerra. En una insurrección armada, que en vez de llevar una bandera política, se empleaba en el robo y en el incendio; pero siempre una fuerza terrible, un número bastante de partidarios que se esquivaban entre las breñas, cuya sombra no se veía, y que caían terribles allí donde menos se les esperaba, envalentonados por la impunidad, cegados por la ganancia, cada día más contentos con su vida y cada día más terribles y ambiciosos. No había uno de los muchachos de José María que no estuviese ya rico. En cuanto a José María y Veneno, con quien José María partía como un compañero, eran ya potentados. El rey no pudo resistir más. 8. Consuelo aprovechó la ocasión de haberse reunido alguna gente delante de la reja, y de que algunas de aquellas gentes habían arrollado las cortinas para ver y oír, en medio de un salón ahumado alumbrado por una infinidad de candilejas y por una magnífica araña, que sin duda se había llevado allí de otra parte, a una mujer ideal que sobre un pequeño velador que nadie sujetaba y que sin embargo no se caía, bailaba el ole más desenfrenado y más espontáneo del mundo, volviéndose sobre sí misma en las puntillas de los pies, saltando, echándose para atrás, balanceándose con una gracia infinita, arqueando los brazos sobre su cabeza, haciendo repicar la pandereta y cantando al mismo tiempo con voz lánguida y desfallecida, irresistible por lo tanto, el aire del ole; y al mismo tiempo resonaban unísonas en un compás marcado y cadencioso, con una armonía llena de una gran riqueza de tono, guitarras, bandurrias y panderetas, y se golpeaba a compás sobre la mesa con los bastones, y se batían a compás las palmas. 9. Su traje era de etiqueta, es decir, casaca sencilla negra, chaleco blanco, pantalón corto negro, medias de seda y zapatos. El rey era perfectamente formado, y lucía con aquel traje sus buenas formas. Era muy simpático cuando quería y muy llano. 10. José María adelantó solo hacia el cortijo. El Barberillo estaba tendido boca abajo en el desván, mirando hacia la tronera. —Esta es mi ocasión —dijo—, y si ahora no lo hago no voy a poder hacerlo nunca. Por pronto que lleguen los que están allá abajo, yo tendré tiempo de escapar por el otro lado, y adivina quién te dio. Y preparó una escopeta. José María subía confiadamente por el repecho. En caso de que estuviese allí el Barberillo, le bastaba con sus pistolas para apoderarse de él, una vez llegada la ocasión. José María dominaba todas sus preocupaciones, y entonces ni aun se acordaba de los temores que había tenido de que el Barberillo le asesinase. De repente, y cuando José María estaba ya cerca del cortijo, lanzó un grito inarticulado y cayó de espaldas. Tal fue la muerte histórica de José María; una muerte fría, sin combate, producto de un asesinato. El Barberillo le había metido la bala entre los dos ojos. José María había pasado de la vida a la muerte sin sentirlo. Nosotros deploramos no poder dar a nuestros lectores una situación más dramática y con más accidentes de la vida de José María, pero faltaríamos a la verdad. José María murió de este modo, asesinado por el Barberillo en el cortijo de la Alameda, y no podemos faltar a la historia. 11. No se comprende la necesidad que hay, revolucionaria si se quiere, pero indispensable, de remediar el mal que causó la insensata y aun la criminal manera de vender los bienes nacionales, que constituían, por el gran número de comunidades religiosas, una enorme parte del territorio andaluz. Se permitió la acumulación de la propiedad en muy pocas manos. Es decir, que en vez de desamortizar, se amortizó más y más; se llegó a una amortización espantosa, a la inactividad de capitales inmensos y arrancados en granos al suelo y escondidos en oro acuñado bajo el suelo. Los frailes, en el fondo, eran socialistas, porque eran buenos vividores, y comprendían que su fuerza y su influencia consistían en el afecto de los habitantes de la campiña. Tenían divididas en suerte, en pequeñas suertes, sus inmensas propiedades, y no había pobres, porque Andalucía venían a ser provincias compuestas de pequeños propietarios censatarios que pagaban cómodamente una pequeña renta, en la cual podía incluirse el diezmo y la primicia. Estos arriendos pasaban a los herederos del arrendador. Constituían, ya lo hemos dicho, una especie de propiedad especial. Y como aquellos arrendatarios no estaban agobiados, ni por la renta, ni por el impuesto, no tenían necesidad de esquilmar la tierra ni de talar los montes. Consideraban aquello como su propiedad, ya lo hemos dicho, y lo beneficiaban para que produjese más. Se desamortizó y se vendió lo amortizado en nombre de la riqueza pública, y esto fue un enorme contrasentido, una torpeza indisculpable, o si no fue torpeza, una maldad infame. Se empobreció de repente una grande y riquísima comarca en provecho de unos pocos, y los rendimientos para el estado decrecieron por la ocultación. Ocultación lógica, puesto que se había ocultado, para vender a protegidos, hasta el punto de obtenerse por nada propiedades enormes. Un buen trabajo estadístico pondría en claro lo escandaloso de los agios que se practicaron en las ventas de bienes nacionales, y solamente con hacer justicia, con devolver a la nación lo que a la nación se le robó, se podría remediar en gran parte el mal que se causó entonces y el que se ha causado después, y el que se seguiría causando si quedase más que desamortizar. 12. Por la parte inferior y más estrecha del ataúd, que le dejaba un lugar para poner los pies, levantó el ataúd y le arrastró hasta apoyarle en la pared de la parte inferior de la tumba, y ayudado por Ciquitraque, que a pesar de su repugnancia no se atrevió a negarse, sacó de la fosa el ataúd. El Barberillo se colocaba en la misma situación que algunos años antes el coronel Cadalso. Iba a ver por última vez a su adorada, y para verla la robaba a la tumba. Pero había una enorme diferencia. La amada de Cadalso estaba en descomposición, y Enriqueta, cuando el Barberillo levantó la tapa, apareció como dormida. Su hermosura no se había descompuesto. 13. Esto está en armonía con aquella exposición presentada a Fernando VII, y dictada por el espíritu teocrático y absolutista, en que se leía esta frase extraña: Líbrenos Dios, señor, de la funesta manía de pensar. Por consecuencia de esta exposición, se cerraron las universidades, sin permitirse otra enseñanza, fuera de la primaria, que la de las escuelas de tauromaquia. Se forzaron todos los elementos de embrutecimiento y la ferocidad del pueblo, y se dejó libre el campo al ejercicio de la superstición y del fanatismo sobre las clases pobres, que son las más numerosas. Para dominar bien a un pueblo, para explotarle, para fundar sobre el sudor de su actividad, sobre su fuerza viva y productora, grandes fortunas aisladas protegidas y mantenidas por enormes y absurdos privilegios, no hay nada tan a propósito como el embrutecimiento y la superstición de las grandes masas. 14. El traje que llevaba favorecía su hermosura. Cubría su cabeza en sombrero de paja de alas anchas, sujetas por cintas de rosa color de fuego, que se anudaban en un lazo bajo su ala. Este sombrero debía servir de día para protegerla del sol; de noche del relente, que es muy fuerte en Andalucía. Se había bajado la atadura del pelo para poder encajarse el sombrero, y su rica cabellera trenzada caía sobre su espalda. Por razón del relente, se había cruzado bajo los hombros la rica manta jerezana, que tomaba sobre ella toda la elegancia de un chal. Su garganta, larga y mórbida, estaba resaltada, embellecida por un rico collar de corales, y su traje era de seda y terciopelo de colores vivos, con faralares cortos, dejando ver su pierna y sus pies calzados con una media muy fina blanca y unos pequeños zapatos abotinados. Como que iba de viaje. Aquellos zapatos eran elegantísimos, con lazos en el empeine. A las gitanas les gustan mucho los colores muy vivos, y el traje de la Toñuela era completamente de gitana. Ni siquiera le faltaba el cuernecito de ciervo y el librito de plata de los Santos Evangelios para arrojar los demonios, que suspendido de una cinta, salía por debajo de una canana bordada en cintas de colores. No le faltaba tampoco en la garganta la rica y gruesa cadena de oro. Pendiente del collar llevaba un relicario guarnecido de perlas, con la imagen de nuestra Señora de las Angustias teniendo a Jesús muerto en el regazo, en el esmalte. La Virgen de las Angustias es casi exclusivamente la patrona de los gitanos. Llevaba además magníficas arracadas de diamantes, y las manos cuajadas de sortijas. Con estas joyas, con la disposición de su rico traje, y sobre todo con su enérgica e insinuante hermosura, la Toñuela estaba irresistible, mortal.
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1874
IMPRENTA:
Urbano Manini Editor
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Madrid
RESUMEN:
La acción se desarrolla durante la década ominosa. José María “el Tempranillo” es un aclamado y poderoso bandolero que domina sobre el territorio de Sierra Morena. Su carácter justo y altruista con los pobres le permite granjearse la simpatía de las gentes del pueblo llano. El rey Fernando VII, insatisfecho con el poder de los criminales en la sierra, envía a varias partidas de voluntarios o “migueletes” para que capturen al Tempranillo. De entre ellos destaca el teniente Veneno, alias de Luis de Céspedes, un joven de carácter aventurero y enamoradizo. José María, al conocer a Veneno, pronto siente una gran simpatía hacia él a pesar de ser su enemigo; el Tempranillo es también muy amigo de la aventura y muy arrojado en los amores, por lo que no tiene muchas dificultades a la hora de comprender su carácter y hacerse su amigo. La amistad entre el Tempranillo y el teniente Veneno acaba motivando que este último abandone su vida de miguelete y se convierta en la mano derecha de María. Los dos compañeros estaban muy enamorados de dos mujeres distintas y sus amores se ven fuertemente contrariados por sus difíciles vidas criminales; pese a todo, el estar en una situación tan parecida permite que José María y Veneno estrechen más aún los lazos. Posteriormente, los dos consiguen casarse con las mujeres a las que aman, pero su condición de proscritos les impide llevar una vida tranquila con sus esposas. El rey, además, pone un precio muy alto por la cabeza del Tempranillo; un valiente joven, José María “el Barberillo”, se obsesiona con cobrar la recompensa que ofrece el monarca, y le causa numerosos problemas a su tocayo. El Tempranillo decide, por tanto, solicitar al rey un indulto. Para ello lo coacciona mediante actos de bandidaje cada vez más extremos. Fernando VII finalmente acaba cediendo; no solo lo indulta, sino que lo pone al mando de un escuadrón de protección para librar la sierra de otros bandoleros como él. Cuando se entera de esto, su antiguo enemigo, “el Barberillo”, se obstina en seguir persiguiendo a José María a pesar de que ya no ofrezcan recompensa; se convierte él mismo en bandolero, y causa muchos más problemas en la sierra de los que el Tempranillo pudo haber llegado a causar. El objetivo de los dos tocayos pasa a ser entonces encontrarse y asesinarse el uno al otro. Triunfa el Barberillo, y la mujer del otro José María, Consuelo, queda fuertemente contrariada. Ella entonces decide perseguir y capturar al Barberillo, y concluir con lo que su difunto esposo no pudo. Logra llevar esa empresa a buen puerto, y sus ansias de venganza le llevan a hacer gala de un notable sadismo al matar al asesino del Tempranillo. Poco después, ella muere de pena junto a la tumba de su amado. Queda al mando del escuadrón de José María el teniente Veneno, pero es incapaz de controlar la sierra como lo hacía su antecesor. Además, su situación sentimental se vuelve muy complicada: le es constantemente infiel a su esposa debido a su carácter colérico y apasionado, y esto le trae muchos problemas matrimoniales. Por otra parte, todos los que antaño sirvieron a José María empiezan a morir uno por uno en circunstancias espantosas. El teniente Veneno no soporta una situación semejante, y decide intervenir tomándose la justicia por su mano; se propone vengar a uno de sus compañeros caídos, pero en el intento es herido de gravedad, y tienen que amputarle una pierna y un brazo. Se ve entonces obligado a dejar las aventuras, pero ello le permite llevar una vida más estable. Su carácter se vuelve mucho más calmado y deja de serle infiel a su esposa. Muchos años más tarde, un mutilado y viejo teniente Veneno tiene que dirigirse a Madrid para resolver el pleito; allí se encuentra con Fernández y González, el autor de la novela, y le cuenta todas sus aventuras.
ASPECTOS FORMALES:
La novela reúne todas las características habituales en la narrativa folletinesca de Manuel Fernández y González. Aunque el título haga referencia a José María “el Tempranillo”, la novela realmente se centra en las aventuras de Luis de Céspedes “el Veneno”, desde sus inicios como miguelete hasta que tuvo que quedó tullido, pasando por su etapa de bandidaje; el autor afirma haber conocido a ese individuo en persona, y haber utilizado sus testimonios como fuente principal. La novela también destaca frente a otras del autor por una marcada voluntad realista en el habla de los personajes, que intenta reproducir la forma de expresarse de personas con un nivel educativo muy bajo.
OBSERVACIONES:
Fernández y González afirma apoyarse en dos fuentes históricas: el manuscrito del escribano don Fructífero, administrador de José María “el Tempranillo”, cuyo nieto le había proporcionado al autor el documento en cuestión; y el testimonio de Luis de Céspedes “el Veneno”, a quien Fernández y González afirma haber conocido personalmente en Madrid. El enlace es a una página de la Biblioteca Virtual de Andalucía en la que se pueden descargar los cinco tomos de la edición de la obra en 1874. Las páginas también se corresponden con esa misma edición.
AÑO:
1874
PERSONAJES PRINCIPALES:
José María El Tempranillo, Luis de Céspedes, teniente "Veneno"
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Fernando VII, José María "el Barberillo", Juan Caballero, Manuel Fernández y González
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «El rey de Sierra Morena. Aventuras del famoso ladrón José María». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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