Información completa de la obra: Allah-Akbar (¡Dios es grande!) Leyenda de las tradiciones del sitio y conquista de Granada

TÍTULO:
Allah-Akbar (¡Dios es grande!) Leyenda de las tradiciones del sitio y conquista de Granada
TEMA PRINCIPAL:
Grandeza e inmutabilidad de Dios frente a la fugacidad de todo lo que hay en el mundo
LUGAR PRINCIPAL:
GRANADA
OTROS MOTIVOS:
1. Descripción de la Alhambra 2. Retrato de Abu-Abdallah / Boabdil 3. Retrato de Aben-Hamet 4. Fiesta de toros 5. Descripción de Generalife 6. Hazaña de Hernán Pérez del Pulgar 7. Afrenta de Tarfe 8. Triunfo de Garcilaso de la Vega 9. Retrato de los Reyes Católicos 10. Leyenda del suspiro del moro.
APELLIDOS/SEUDÓNIMO AUTOR:
Fernández y González
NOMBRE AUTOR:
Manuel
FRAGMENTO DONDE APARECE:
1. Un alcázar en la frente de un monte lanzaba brillantes reflejos de sus alminares dorados, y una red de torres y muros encerraba alcázares y estanques, casas y jardines, como en sus senos encierra su rojo fruto la granada. Y más allá y en torno, una vega, rica de fuentes y de verdor, como una alfombra de terciopelo, con pasamanos de plata, y dos ríos que nacían en los montes, y después de lamer murmurando los muros de la ciudad, se abrazaban confundiéndose en uno, y atravesando la vega se perdían a lo lejos como una gigantesca serpiente de brillantes escamas. Y descendí a un alcázar como no lo han visto ojos humanos. Rizábanse blandamente sus estanques al soplo de las auras, y en los asombrosos jardines, en las altas galerías, en los calados retretes y en los sonoros apartamentos, volaba el genio de la armonía, de la hermosura y de los amores. Y no había gran parte en sus muros que no relumbrase, ni una flor que no exhalase un delicioso perfume, ni un retrete que no convidase al reposo. Y corrían claras aguas en los cauces de las fuentes de alabastro, y se despeñaban en sonoras cascadas en los pavimentos de mármol. Y braserillos de oro elevaban en espiral sus blancas y transparentes nubes, formadas por la esencia de perfumes de Oriente. Era la Alhambra; no como ahora, rasgada por la mano del tiempo y del abandono, sino la Alhambra de Boabdil y de Muza En-Abil Gazan, fresca y sonora con el murmurio de sus fuentes y el canto de sus aves. Era el alcázar de las zambras, el libro de oro donde está escrito con caracteres de nácar la palabra de Dios. Y el hermoso genio del alcázar me condujo a una cámara más extensa que las otras. El pavimento era de riquísimo mosaico: los muros, abiertos con alhamíes y ajimeces al fondo, eran altísimos y adornados de labor persa y caprichosos transparentes, por los cuales penetraba una tenue luz. 2. Cabalgaba delante el rey Abu-Abdallah, oprimiendo la espalda de un magnífico overo, cuyas gualdrapas de púrpura arrastraban sobre la arena. Llevaba el rey ceñido el sayo negro emblema de su dignidad; entre su toca verde entrelazada de hilos de gruesas perlas se veía una magnífica corona; su diestra empuñaba una larga y cortante espada; en sus borceguíes lucía la espuela de oro de los caballeros cristianos, y sobre su pecho ostentaba un pequeño blasón de Castilla, como en muestra del pleito homenaje que rendía en feudo y tributo a los nobles Reyes Católicos desde su mal aventurada rota de Lucena. 3. Tras los pajes seguían seis africanos envueltos en anchos alquiceles, y en medio de ellos cabalgaba un mancebo de ojos brilladores y formas robustas; vestía un riquísimo traje de brocado sobre azul y rojo, y en su bonete se balanceaba una garzota de inestimable valor; mostraba en su pecho un escudo de oro, en el que estaba pintado en esmalte un salvaje sosteniendo un mundo con este mote en plata sobre verde: «Con más puedo.» Aquel valiente caballero era Aben-Hamet, caudillo de los abencerrajes, temido y respetado do quiera se levantaba un pendón o se reunían los más bravos de los caballeros granadinos. 4. Aben-Hamet, como mantenedor, se retiró a un ángulo de la valla, y las dulzainas y los atabales sonaron en medio de un silencio profundo; el alguacil abrió la puerta y un toro de piel negra y reluciente se lanzó en el coso. Era un valiente animal nacido en los breñales de Ronda, ligero como el aire, bravo, bien armado; se detuvo en medio de la arena y revolvió en torno su feroz mirada, provocado por los silbos y los gritos que arrojaba la multitud como un vendaval. Los hombres estaban de pie, las damas agitaban sus lenzuelos, los alguaciles colocados frente al mirador real, fijaban la aterrada vista en el bruto, preparándose a huir a la primera señal de peligro. En tanto, los ocho caballeros zegríes y abencerrajes habían tomado rejoncillos, y el más bravo de ellos, rodeado de los africanos lidiadores, se acercó al trote de su yegua al toro, que se volvió lentamente, azotó con su cola los hijares, bajó la potente cabeza como saludando a su adversario, hízose lentamente atrás, arrojando a larga distancia la arena que arrancaban del corso sus brazos cortos y nervudos, y dejó oír un bramido ronco y potente. Al fin el toro partió como un venablo embistiendo al zegrí; el rejón de este hendió salvando la distancia que le separaba del toro, y rozando ligeramente su lomo, se clavó en la arena. Un rugido atronador retembló en los aires: la yegua y su jinete rodaron por el coso, y seis alquiceles rojos flotaron entre el caballero vencido y la bestia vencedora; engañado por ellos, el toro siguió a los africanos, y el zegrí cabalgó en otra yegua que le fue presentada. 5. Jardín de delicias, fuente perenne, eco de armonías, bosque de amores y lugar de zambras, era Generalife cuando Granada regía a un reino poderoso. Y en sus enramadas de laureles cantaban las aves, y nunca las atravesaban los ardientes rayos del estío, ni las heladoras nieves del invierno. Nadaban en sus estanques peces de colores, y sus cascadas se derrumbaban trayendo hasta los apartamientos de oro de sus magníficos retretes su blando rumor, que convidaba a un sueño de paz y de delicias. Allí crece el gigante ciprés, plantado para servir el capricho de una esclava, por el magnífico rey Abul-Walid, y a sus pies se tienden bosquecillos de rosas y mirtos hasta el borde de un ancho estanque de aguas cristalinas. 6. Acrecentóse la impaciencia de Pulgar, y pidiendo a Pedro menesteres de encender, prendió fuego al hachón que consigo traía, y llegando a la puerta de la mezquita, púsose de hinojos: imitáronle sus escuderos, sacó del pecho el cartel del Ave María, y atando en el pomo de su puñal los hilos de seda en que estaba sustentado, le clavó de una sola puñalada entre las mallas de la puerta. —Sed vosotros testigos, dijo a los cinco escuderos sobrecogidos de la hazaña de Pulgar, de cómo tomo posesión de esta mezquita en nombre de los reyes de Castilla, consagrándola desde ahora a la reina del cielo, cuyo nombre dejo en poder de los infieles, hasta que llegue la hora de rescatarle. 7. Irritóse Tarfe, hizo botar su corcel, le lanzó hasta mediar la distancia que le separaba del muro y gritó con doble furor. —Y si no bastan las afrentas que habéis oído, para que salgáis al campo, mirad, castellanos, donde pongo el nombre de María, y si algún peón o caballero, infante o rey, de ello ha enojo, a esperarle voy en la Vega hasta que el sol trasponga las montañas de Loja. Y esto diciendo, puso el cartel del Ave María en la cinta que enrrollaba en la cola de su caballo, revolvió el freno, y seguido de los suyos, se alejó lentamente de los reales, hasta llegar a la espesura donde Zaruyemal había dado la carta de la sultana a don Juan Chacón, descendió del caballo, despidió a los almorávides y al trompetero, y se reclinó sobre el césped en la sombra, tendida a mano la pica y ceñido el talabarte de la adarga. 8. El combate pasó a ser lucha. Una sombría y sardónica sonrisa salió de entre las barras del yelmo de Tarfe. Membrudo, agigantado, gran luchador, esperó hacer pedazos entre sus robustos brazos al joven campeón. Y así hubiera sin duda acontecido. Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando el coselete gemía rechinando entre aquel lazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su enemigo, y su daga huida penetró en su pecho. Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible y cayó de espaldas. El Ave María había sido rescatada. La visera del mancebo se alzó; su rostro juvenil y hermoso cubierto de sangriento sudor, se elevó al cielo, y sus elocuentes ojos negros se arrasaron en una lágrima de gratitud. Oración suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del abismo y elevada hasta el trono de Dios. Y luego fue al caballo del moro, quitó de su cola el cartel del Ave María, le besó de hinojos y le suspendió de su cuello sobre su pecho, a manera del vasallo que ostenta el blasón de su señor. Y llegó a Tarfe, desenlazóle el yelmo, y al ver su frío semblante afeado por la palidez de la muerte, exclamó con un orgullo disculpable a sus pocos años: —Soberbio moro, el novel caballero ya tiene empresa para sus armas, y el Ave María será un cuartel de gloria en el blasón de los Garci Lasos de Castilla. 9. En el fondo de ellas, sentada su sobre un estradillo en taburetes, había una multitud de damas ocupadas en bordar un tapiz; a su lado, sobre una silla de alto respaldo, se veía otra dama, de edad madura, de semblante noble y grave, aunque duro, vestida de un severo traje negro y encubierta la cabeza con una toquilla de terciopelo carmesí tomado de oro. Esta dama, ante la cual se prosternó el moro, era la reina doña Isabel primera de Castilla. Junto a ella en otro sillón, un caballero de más edad, con traje negro también, birrete de terciopelo y espada de oro, de semblante adusto y receloso, miraba con expresión profunda a otro hombre, que descubierto y con respeto, platicaba en voz baja con la reían, que de tiempo en tiempo dejaba entrever una seca línea de su boca, una imperceptible sonrisa. El hombre sentado y cubierto, era el rey don Fernando V de Aragón; el que con la reina platicaba, Gonzalo Fernández de Córdoba. 10. Y cuando ya las nieblas de la tarde flotaban entre la ciudad y las distantes colinas, como un velo de misterios, el rey alcanzó a las reinas su madre y esposa, en el repecho del alto del Padul. En su cima se abría una estrecha quebradura, desde donde se alcanzaba a ver por última vez a Granada. El rey descabalgó y con él sus caballeros, y postróse, y miró a su ciudad con el corazón desgarrado y los ojos llenos de lágrimas. Y viola, como ve el moribundo alejarse la vida, el desdichado la esperanza, el avaro su tesoro. Amargóse su alma, dilatóse en un hondo suspiro, y no siendo ya bastante a contener su dolor, el desdichado rey cayó de rostro contra el suelo; y exclamó dando un gran grito: —¡Allah-Akbar! Y la sultana Aixa que así le vio, pálida, ceñuda, irritada, apartando de él con desprecio los ojos, exclamó: —Sí, llora como una mujer, menguado, ya que como hombre no supiste defender tu corona. La desesperación, la vergüenza, el dolor, sacaron las lágrimas en los ojos de Abu-Abdallah, cabalgó en su corcel, le arrimó furioso los acicates, y el bruto se lanzó con tal ímpetu a la carrera, que dejó señaladas sus herraduras en la roca como hasta hoy se parecen. El rey y su comitiva doblaron al fin la punta de Geb-el-Solair, y se perdieron a lo lejos, entre la dudosa claridad del crepúsculo, sobre el camino de la montañosa Alpujarra. Desde aquel día los moros, en memoria de esta tristísima despedida, llamaron a aquel ojo de lágrimas del alto del Padul, Feg-Allah-Akbar, y aun lo conocen los cristianos con el nombre del Suspiro del Moro.
TIPO DE PUBLICACIÓN:
Novela
FECHA:
01/01/1865
PAGINAS:
1. 6-7 2. 17-18 3. 21 4. 23 5. 29-30 6. 65-66 7. 68 8. 71-72 9. 77-78 10. 87-88
IMPRENTA:
Gaspar y Roig
LUGAR DE IMPRESIÓN:
Madrid
MODALIDAD NOVELA:
Histórica
RESUMEN:
La novela se desarrolla durante el reinado de los Reyes Católicos. La esplendorosa Granada está en peligro de ser destruida tanto por amenazas internas como externas. Dentro de sus muros, las fuerzas musulmanas son mermadas por disputas intestinas entre el clan de los abencerrajes y el de los zegríes. Fuera, los caballeros cristianos amenazan con conquistar la ciudad. Un abencerraje, Aben-Hamet, es el amante de la esposa del rey Abu-Abdallah; cuando el monarca los descubre, ejecuta al abencerraje y encierra a su sultana por haberle sido infiel. Esta última solicita ayuda a los caballeros cristianos que cercaban la ciudad, a quienes suplica que combatan por demostrar su inocencia en un juicio divino. Se celebra el juicio y los castellanos triunfan. A partir de ese momento, los cristianos llevan a cabo reiteradas ofensivas contra Granada, hasta que Abu-Abdallah acaba rindiéndose y huyendo de la ciudad junto a sus huestes.
ASPECTOS FORMALES:
La obra puede ser considerada novela por su extensión, pero a juzgar por el estilo, la estructura y el mismo título, formalmente recuerda más a una leyenda como las de Zorrilla o José Joaquín de Mora que a las novelas históricas en la línea de Walter Scott.
OBSERVACIONES:
Esta novela probablemente sea una de las mejores obras de Manuel Fernández y González. El enlace corresponde a una versión digitalizada de la edición de 1865 en la plataforma Google Play Books. Las citas provienen de esa misma edición.
AÑO:
1865
PERSONAJES PRINCIPALES:
Abdalí / Abu-Abdallah / Boabdil
PERSONAJES SECUNDARIOS:
Abd-Allah ebn Tarfe, Aben-Hamet, Fernando II de Aragón y V de Castilla, "el Católico", Garcilaso de la Vega (antepasado del poeta), Gonzalo Fernández de Córdoba “El Gran Capitán”, Hernán Pérez del Pulgar, Isabel la Católica, Juan Chacón, Mahomet-Adel-Zegrí, Muza ibn Nusair / Muza Ebn-Abil-Gazan, Zoraida, esposa de Boabdil
LUGAR PRINCIPAL:
2745
COMO CITAR:
Javier Muñoz de Morales Galiana, «Allah-Akbar (¡Dios es grande!) Leyenda de las tradiciones del sitio y conquista de Granada». Proyecto I+D+i «Leer y escribir la nación: mitos e imaginarios literarios de España (1831-1879)» (Ref: FFI2017-82177-P) [fecha de consulta].

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